Es
claro,
que
me
encanta
escribir
sobre
las
personas,
la
mayoría
de
las
veces,
hablando
bien,
diciendo
las
cualidades
positivas,
del
esfuerzo
personal
del
gusto
de
vivir
de
las
santas
locuras
en
que
vivimos.
A
mí
me
gustan
las
cosas
y
hablo
de
cosas,
de
acontecimientos,
principalmente
de
los
pequeños
eventos
que
sólo
al
observador
aparece
la
impresión
y
en
el
registro
de
las
retinas.
Mi
placer
personal
es
siempre
hablar
de
las
personas,
persona
simple,
persona
bien
intencionada,
persona
que,
aunque
errando
tiene
siempre
el
mérito
de
buscar
el
acierto
para
el
bien
común.
Hablo
siempre
de
mis
amigos,
vivo
mis
recuerdos,
recojo
en
cada
hecho
el
lado
colorido,
la
musicalidad
mejor.
Y
hago
esto
conscientemente,
sin
miedo
de
repetición,
sin
temor
de
la
crítica,
cierto
de
que
es
necesario
que
alguien
escriba
sobre
el
lado
bueno,
el
lado
alegre
de
la
vida,
sin
el
pesimismo
de
las
editoriales
y
sin
la
sangre
de
las
últimas
páginas
de
los
periódicos
repletos
de
crímenes
y
espertezas.
Y
como
escribo
siempre
hablando
bien
de
las
personas,
encuentro
comúnmente
amigos
que
quedan
satisfechos,
que
ganaron
nuevo
aliento
existencial
viendo
reconocidos
sus
méritos,
vivenciados
sus
recuerdos
agradables,
sus
nostalgias.
No
existe
medida
humana
para
una
sonrisa
de
alegría,
un
sentimiento
de
amistad
reconocido,
un
mimo
de
vanidad
que
cada
uno
trajo
bien
escondida
en
el
rincón
del
alma.
Bien
entendido,
a
mí
no
me
gusta
hablar
de
los
vanidosos
de
los
que
solamente
pueden
brillar
por
la
fuerza
de
la
riqueza
o
de
la
prepotencia,
verdadera
o
falsa.
Nada
peor
que
los
deslumbrados,
los
exhibicionistas
del
cuerpo
y
de
la
cultura.
El
bien
de
la
vida
es
la
naturalidad,
el
toque
familiar,
las
características
de
la
cuna,
no
importando
si
esta
cuna
sea
noble
o
plebeya,
la
riqueza
y
la
raza
no
hacen
a
nadie.
El
bien
de
la
vida
es
el
esfuerzo
de
aceptación
o
adaptación
a
las
reglas
del
comportamiento
civilizado.
Lo
bueno
de
la
vida
es
tener
la
família,
criaturas
amigas
a
quien
respetar,
a
quien
ofrecer
o
de
quien
recibir
consejos,
aprobación,
cariño.
Eso
si
es
ser
persona
buena,
y
ellas
existen
en
todas
las
clases
sociales
y
en
todas
las
profesiones,
útiles
y
aceptables
en
el
progreso
del
mundo.
Y
viene
usted
y
me
pide
que
escriba
sobre
su
persona
en
que
creo
y
que
pienso
sobre
su
manera
de
ser,
de
vivir,
su
papel
en
este
bello
teatro
de
la
vida.
Viene
usted
con
el
lindo
deseo
de
ser
fotografiada
en
palabras
contenidas
mágicamente
como
personaje
en
el
mundo
de
los
adjetivos,
en
la
fuerza
de
las
formas
verbales,
este
colorido
y
diáfano
del
sueño
o
de
realidad
del
cronista.
Viene
usted
y
me
pone
en
aprieto
por
escribir
de
forma
dirigida
con
determinación
pragmática,
pues,
sé
muy
bien,
que
la
crónica
debe
ser,
ante
todo,
espontánea,
fluída,
leve,
tan
libre
como
la
brisa
o
el
mirar
de
una,
¡joven
muchacha!
¿Y
qué
decir?
El
simple
hecho
de
escribir
sobre
mis
amistades,
ya
indica
que,
a
mí,
me
gustan
todos,
que
aprecio
sus
cualidades,
que
tolero
sus
defectos,
que
los
veo
con
los
ojos
de
quién
juzga
cierto
aquel
lado
honesto
y
justo
de
cada
uno.
Y
claro
que
usted
es
importante,
tan
importante
y
elocuente
en
la
vida,
que
sin
usted,
el
mundo
no
sería
el
mismo,
sería
un
mundo
menor,
sin
una
persona
sinceramente
interesada
en
la
vida.
Y,
dicho
esto,
le
deseo
un
mundo
lleno
de
felicidades,
la
certeza
de
la
fé
en
un
destino
bueno,
aquella
perpetuidad
de
sobrevivencia
de
la
alegría,
y
sentir
que
nunca
estamos
aislados
como
criaturas
del
Poder
Divino.
La
vida,
hoy
triste,
mañana
llena
de
sentimientos
positivos
será
siempre
un
¡manantial
de
amor!
El
acto
de
vivir
por
más
simple
o
complicado
que
sea,
es
siempre
agradable
y
gratificante.
Basta
decir
que,
de
todas
las
realidades
existenciales,
la
más
concreta
es
la
“vida”,
tan
concreta
que
la
própia
muerte,
no
pasa
de
mera
transformación
para
una
¡vida
mejor!
No
perdamos
tiempo,
seamos
felices,
que
esta
es
nuestra
finalidad,
acá
y
en
cualquier
parte.